Quiero ver si sale algo…no se si va a funcionar o no, pero ¿qué puedo perder? a lo sumo, algunos bytes malgastados, a nadie le va a importar. Lo importante es que parece ser una situación propensa a esto. El ambiente, el clima, me permite acordarme de las oportunidades. Antes no pasaba, pero ahora puedo sentir la necesidad y las ganas de aprovechar el momento para escribir. Ya sea después de una noche de trabajo, de salida con los amigos o de cenar comida china en casa con amigos y tomarnos unas birras bien heladas. Sale solo, eso es lo importante. Empecé con el cuento dividido en 6 partes que está antes de este post un día a las 5:30 de la mañana en el laburo, sin ni siquiera haberlo pensado. De repente me vino el envión cerebral, y abrí la página para escribir lo que se me ocurriera. Y funcionó. No obstante, habían fracasado intentos anteriores acordados y sincronizados como reloj dentro mio con el objetivo de “actualizar el blog de una vez”. Me sirve a mí, pero no sirvió forzarlo.
Por eso ahora escribo, lo que sea que pueda llegar a escribir: un pensamiento, una idea, una queja o una reflexión metafísica de la realidad. Todo es válido.
Y ahora, en el instante en el que me quedo sin nada más que decir, ahora cuando la luz de la laptop sólo me alumbra la cara y afuera hay silencio absoluto, es el momento en que me doy cuenta que ESTO es vivir. Estar es vivir. Reposar es vivir. Pensar es vivir. Soñar es vivir. Sufrir es vivir. Escribir…es vivir. Por esa razón yo escribo. Porque de alguna forma, lo que antes estaba dormido en mi interior, hoy despertó y exige que lo carguemos a upa, que le demos de comer, que lo llevemos al zoológico, que le compremos golosinas, que lo dejemos dormir hasta tarde y acostarse más tarde aún, que justifiquemos ese nuevo nacer de la manera correcta, porque si salió a la luz, alguna razón debe haber, y no es bueno dejar las cosas encerradas en uno mismo.
La oscuridad me dificulta ver lo que hago, ¿Por qué no prendí la luz? debe haber algo en esta casa que haya dejado, alguna identificación, un pelo que se le haya caído, lo que sea que sirva para identificarlo! Nada. No encuentro nada. No puede ser. Bueno sigo, igual no me puedo dormir. Mañana seguro que vuelve, como volvió después de tanto tiempo…sí, seguro que vuelve.
Bueno, no…mejor salgo afuera, tal vez está en la calle, acá cerca, buscandome él también. Debe ser eso….o tal vez lo haya atrapado la mafia! puede estar en peligro, él mismo lo dijo por telefono hoy a la tarde. Definitivamente está afuera y me necesita, voy a salir.
Voy a volver a los lugares en donde lo vi veces antes. El hospital, el café del centro, seguro que está confundido y perdido. No…acá tampoco está…tengo la garganta seca y me duele el cuerpo, creo que estoy desarrollando una especie de síndrome de abstinencia a Pablo. No importa, no importa, tengo que seguir buscando…
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Son las 2 de la mañana, hace horas que lo busco, es hora de tomar medidas más drásticas. Vamos a la policía, total está a una cuadra de casa.
Al pasar por mi casa, noto un auto rojo estacionado, un auto que jamás había visto. ¿Será de Pablo? Detengo el auto y abro la puerta de mi casa. Ahí está él. Tiene los ojos rojos y llorozos, me mira fijo con tristeza: Es todo tu culpa! yo nunca quise que pasara esto, pero vos seguiste insistiendo! no me pudiste dejar en paz.
Yo no entendía muy bien que era lo que me quería decir pero tampoco le prestaba demasiada atención. Había vuelto y eso era lo importante.
“Te ves agotado, será mejor que te recuestes y descanses, necesitás dormir”- me dijo más tranquilo. El insomnio había vuelto así que supuse que era una buena idea dormir un poco. Me llevó hasta el piso de arriba y me acostó en la cama. “Ya pasó todo, por fin vas a descansar, no te preocupes más por nada, nos veremos cuando despiertes”.
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“Oficial, acá está el cuerpo, nos avisó el vecino de al lado, al parecer hace días que nadie recoge el periódico, eso debe haberlo hecho sospechar de que algo andaba mal…”.
- “Gracias cabo, ¿qué pasó, se sabe ya?”
- “Sí, oficial. Fue muerte natural, mientras dormía, no se encontraron huellas de nadie más en la casa, pero le gustará ver esto. El cabo le entrega un sobre blanco cerrado al oficial. Lo encontramos en la mesita de luz, todavía no lo abrí, pensé que usted querría hacer los honores. Yo me hubiese inclinado por un suicidio…por la carta vió? Siempre dejan una carta”.
- “Muy bien, puede retirarse”.
En la cama, todavía con una expresión serena y calma yace el cuerpo sin vida de un hombre.
El oficial abre despacio la carta con sus dedos y procede a leerla:
“Querido amigo Iván, si tan solo me hubieses escuchado un poco más, te habrías dado cuenta de las señales que te di. Te lo dije, mi trabajo estaba comprometido y no podía arriesgar perderlo solo por una persona…una maravillosa persona. Este es el momento más trágico de mi vida, y creeme, la tragedia me persigue todos los días. Hoy elijo el trabajo por sobre el amor, por eso tengo que hacerlo, pero quiero que sepas que fue la decisión más difícil que jamás tomé.
Te amo, amigo mío, por eso espero que alguna vez, si nos volvemos a encontrar, puedas perdonarme por el pecado que acabo de cometer.”
Pablo.
El oficial dobla la carta y la mete de nuevo en el sobre. “Quiero análisis tipográfico de esta carta y vean si encuentran alguna huella digital, quiero hacerle unas preguntas a este tal Pablo!”
“Vení, tomate una taza de te que te va a hacer bien, necesitás descansar, esta no es la forma de terminar las cosas, no se supone que sea así”. Pablo me hablaba tranquilo como es de esperar en una persona como él. No me mira. Mira al horizonte sin un punto fijo, pero me habla a mí y solo a mí. Ese día habló más que otros. Me decía frases alentadoras: “el destino lo hace uno mismo, no hay que dejarse vencer por el miedo a lo desconocido”, “conozco la vida y me conozco a mi mismo, por eso se que cada momento es importante, no importa que tan insignificante sea”, siempre me parecían frases hechas, sacadas de algun libro o relato, pero había algo en la forma en que lo decía que las hacía reales, creíbles y yo lo empecé a escuchar más.
Charlamos un largo rato. Yo estaba feliz como jamás lo había estado. Mi amigo, mi mejor amigo había vuelto, justo en el momento en que más lo necesitaba y no hubo necesidad de explicar su regreso. Lo importante es que estaba ahí conmigo, apoyandome, hablandome, viviendo conmigo.
Además, teníamos toda la tarde por delante. La gente de la oficina, al enterarse de la situación me había dado un par de días de licencia para descansar y reponerme. Me pareció una magnífica oportunidad para aprovechar el tiempo libre y poder salir un rato a despejar la mente, en especial si Pablo me podía acompañar. Se lo propuse ni bien terminamos de hablar.
Él me dijo que tenía asuntos importantes de los que ocuparse y que no podía estar a mi disposición en todo momento. Me lo dijo sereno, sin enojarse. Yo entendí su respuesta, después de todo no sabía nada de él, ni si tenía mujer o hijos, trabajo o lo que fuese. De todas formas no me importaba. Acordamos encontrarnos a tomar un café a las 5 de la tarde de ese mismo día en un bar céntrico. Nos despedimos ahí mismo.
………………………
A las 4 de la tarde ya estaba listo. Preparé mis cosas y tomé un taxi hacia el centro, que para la hora que era estaba repleto de gente. Llegué al café 10 minutos antes de lo estipulado y me pedí un café (seguramente después tomaría otro). Yo estaba nervioso y un poco impaciente. Habían pasado ya 15 minutos, eran las 17:05 y no lo veía por ningun lado. Mis manos comenzaron a temblar un poco y me transpiraban los dedos, no me sentía del todo bien pero no me levantaría ni para ir al baño, no quería desencontrarme con Pablo justo en ese momento y que pensara que no estoy. A las 17:15 se acerca el mozo y me dice que hay una llamada para mi:
- Hola Pablo?
- Hola, disculpame, no voy a poder llegar. La situación está muy complicada en este momento y estoy arriesgando mi trabajo, ya bastante peligro corro con llamarte para avisarte.
Antes de que pudiera decir cualquier cosa, Pablo cortó. Creo que en el momento no había comprendido lo que había pasado. De hecho, me quedé varios segundos con el tubo en la mano, tratando de registrar lo que había sucedido y recapitulando en mi mente las palabras de Pablo. No quise armar mucho alboroto así que pagué la cuenta y me fui.
Necesito tener una respuesta más clara- pensé. Debe haber algo más que no me dijo. Tal vez lo amenazaron de muerte, tal vez es un problema con la mafia…
Al llegar a casa intenté por todos los medios ubicarlo. Un celular, un teléfono fijo, alguna dirección tiene que tener. Pero nada. Nunca me había dado nada. Es más, lo único que sabía de él es que se llamaba Pablo, y ahora dudaba si ese sería su verdadero nombre…
Hoy, 14 de Julio de 2009, ya no recuerdo lo que pasó hace un año. Aprendí a vivir sin mi pierna izquierda, no me cambió mucho la rutina y tampoco el ánimo. Hace un año que estoy solo. Ese fantasma inmaculado que se hacía llamar Pablo, no me volvió a visitar. Yo, sin embargo, sigo padeciendo insomnio, pero ahora nadie me acompaña en mi soledad nocturna. No está María, ni Javier. Tampoco está Pablo.
La oscuridad de la noche me deja desprotegido y en vela otra vez. Mi conversación se anula, ya no hay nadie que la escuche. Necesito hacer algo al respecto. Ya pasó demasiado tiempo y sigo pensando en lo mismo. Algo tengo que hacer. Sí. Ya está. Está decidido. Mañana me mato.
…
Como no mucha gente me conoce, mi muerte pasará desapercibida, así que no hay necesidad de morir con dignidad (además, nunca había pensado que existe morir con dignidad). Tengo que hacerlo de manera que parezca un espectáculo. Un espectáculo para mí mismo. Algo así como saltar de un puente con una pierna (mi única pierna) atada a una piedra grande o ser comido por unos leones salvajes, algo original y bien violento. No se cual de esas elegiré pero voy a salir a realizarlo en este instante. Un vaso de vino blanco me va a relajar para pensar mejor.
Ya estoy afuera. Hace calor y el clima es pesado y humedo. Camino unos cuantos pasos y noto que alguien me sigue a lo lejos. Creo que lo del puente es buena idea, vamos hacia allá. Es sábado así que no hay mucha gente en la calle, eso es bueno, más privacidad y tranquilidad para morir, así nadie me molesta. Ya encontré la piedra perfecta, maciza, dura y a la vez estructuralmente confiable. La llevo en mis manos con dificultad pero finalmente llego. A ver…me subo a la baranda y me lanzo, de una sin pensarlo más. Pero qué pasa? Alguien me toma del brazo. No lo veo todavía pero supongo que es algun transeúnte que pasa por el lugar. No. Me equivoco. Es Pablo.
¿Dónde estoy? ¿Qué es ese ruido? Creo que es una sirena…sí, definitivamente es una sirena.
No puedo mover los brazos…me pesa el cuerpo y la cabeza.
“Tranquilo que ya llegamos. Soy Pablo, tu enfermero, acabás de sufrir un paro respiratorio, casi te morís, por suerte sabían primeros auxilios. No te preocupes que estamos de camino al hospital. ¿Querés que le avisemos a alguien?”, dijo.
Todavía me costaba entrar en mis sentidos y entender lo que había pasado.
- ¿Dónde está Pablo?, pregunté alterado.
- Con usted no estaba nadie en el momento del accidente, señor. Una joven lo salvó de la tragedia, sino se nos iba seguro.
Cuando llegamos al hospital me pareció que había pasado una eternidad. Me trasladaron a la habitación 306 para realizarme un chequeo durante uno o dos días. Hacía frío, una corriente recorría la habitación acariciándome la cara y el cuerpo y la luz de la lámpara cerca mio parpadeaba intermitentemente. No se por qué pero me ayudó a dormir. Ya hace mucho que no dormía como la gente y de alguna manera extraña, pude cerrar los ojos y olvidarme de todo.
Al despertar amanecí en otra habitación. Afuera llovía torrencialmente y el cielo estaba negro y oscuro. Mirándome desde la puerta estaba el doctor Luciano Fernandez Ochoa. Lo pude distinguir por el distintivo del hospital que tenía colgado del pecho. Se presentó muy amablemente y me explicó que los estudios habían salido bien pero que, de ahora en más, tenía que cuidarme si no quería encontrarme con él nuevamente. Seguí sus instrucciones al pie de la letra asintiendo con la cabeza para darle a entender que comprendía lo que me decía.
Ese día Pablo no había venido. Me sentía solo y abandonado.
Dos horas más tarde me dispuse a salir del hospital, ya con el alta confirmada. Me dejaron en la puerta del mismo y me recomendaron tomar un taxi. Afuera además, llovía torrencialmente, incluso había truenos y relámpagos, pero no sentí más frío, me sentí bien, tranquilo. Salí a la calle y traté de encontrar un auto. La lluvia me pegaba de lleno en la cara y el viento me desordenaba la ropa. De repente, un calor intenso llegó hasta mí casi ahogandome y quemandome la garganta. Caí al suelo sin poder evitarlo. A lo lejos lo pude ver a Pablo, escondido atras de un árbol no muy lejano a donde yo estaba. Él estaba ahí.
La noche anterior había sido rara, diferente, pero revitalizadora. Ese cambio en la rutina me había generado una esperanza nueva y refrescante, un nuevo aire para vivir. Salí de casa agotado pero de buen humor. Cuando llegué a la oficina ya eran las 08:25 pero nadie me llamó la atención a pesar de la tardanza. El día fue tranquilo y se hizo la hora de comer. Bajé a la cafetería y me propuse a pedir mi comida. Ahí de nuevo estaba Pablo. Esta vez tampoco se presentó pero me recomendó un plato que yo no iba a pedir y le hice caso. Ambos nos sentamos en una mesa para dos y yo me dispuse a entablar conversación sin embargo él no dejaba de mirarme fijo, sin decir nada. Solo me miraba a los ojos, como queriendo descifrar algo que yo todavía no comprendía. Traté de hablar pero las palabras no me salían, no podía acordarme de cómo hacerlo y sentía la boca pesada y dormida. Tampoco hizo falta porque misteriosamente sentí una conexión con Pablo, algo que nunca me había pasado. Era como si estuviese entendiendo todo lo que me estaba diciendo con la mirada y a la vez yo podía transmitirle lo mismo a través del silencio. De nuevo venía a mi esa sensación de frescura y tranquilidad. No podía estar más a gusto con un completo desconocido. Ni siquiera sabía quién era yo pero sin embargo siempre estaba ahí donde yo iba. Me seguía a todas partes sin querer algo de mí más que mi compañía callada y segura. Me gustaba Pablo y su manera de ser.
Todavía no había probado la comida así que me dispuse a hacerlo. Llevé el primer bocado a mi boca y tragué. Un susurro leve y cálido llegó a mis oídos: “Tranquilo que ya nos vamos”, dijo. Y de repente todo se tornó negro.
Era tarde. Alrededor de las 2 de la mañana. Estaba cansado pero bastante alerta para la hora que era. Recuerdo esas largas horas frente al televisor con María y Javier. Ellos eran mi compañía constante en esas noches en vela en las que la preocupación y la indiferencia peleaban piel a piel por ocupar un lugar en mi mente. Me sentía tranquilo y relajado, siempre solía disfrutar de mi soledad con un frío vaso de vino blanco y ese día no era excepción. Los demás dormían ya hace horas, yo en cambio no.
Fue un problema constante durante mi niñez, el sueño. Mi mamá me trataba de calmar e incluso me daba licor o whisky antes de dormir para alivianarme un poco. Nunca funcionaba pero jamás dejaba de intentarlo (supongo que ese fue uno de los motivos de mi alcoholismo…). La rutina siempre era la misma: 01:15 de la mañana me levantaba de la cama exhausto por no poder conciliar el sueño e iba hasta la cocina. Me preparaba el vaso con vino y me sentaba en el sillón a disfrutar de María y Javier. Casi siempre los encuentros duraban 4 horas y finalmente dormía 2 o 3 horas hasta despertarme nuevamente.
Ese día pasó algo que cambió completamente mi forma de pensar. Ese día ni María ni Javier vinieron. Me sentí solo, frío y vacío, sin saber qué hacer. Ese día vino alguien más, alguien diferente. Se llamaba Pablo y su apariencia era muy diferente a la de otros. Tenía unos pantalones beige lisos con una camisa a cuadros colorida con rojo, blanco y verde, pelo marrón corto y lacio y una sonrisa de este a oeste. No se presentó, solo se sentó al lado mío y se limitó a quedarse quieto, como si ni siquiera estuviese ahí.
Durante esas 4 horas me acompañó, silencioso, sin decir una palabra. Solo después alcancé a escuchar, cuando se levantó y se dirigió a la puerta: “seguramente nos volvamos a ver”.
Y así sería.

Solo hay una forma de darnos cuenta de que alguien está diciendo la verdad: observá a esa misma persona borracha y te vas a dar cuenta si realmente, lo que antes decía, de verdad era lo que pensaba o solo era producto de la presión social ideológica de decir lo que es correcto de la forma correcta, con el lenguaje correcto y en el momento apropiado. Todo fluye a través de nuestro sistema neuronal. Las decisiones que tomamos se ven afectadas por las diferentes conexiones que cada neurona establece con otra y forman una red amplia y compleja que termina por completarse mediante una acción concreta en un tiempo y espacio definido. De esta forma funcionan algunas, por no decir todas, las decisiones que tomamos en el transcurso de nuestra corta o larga vida.
¿Cómo es entonces que podemos aprovechar y sacarle el máximo jugo a este mecanismo? Es simple. Conocemos varios métodos, todos ellos superiormente eficaces, por los cuales una persona, quien quiera que sea, puede conocer, aun sin saberlo, su verdadero porvenir y las cosas que de verdad lo hacen feliz sin depender de factores externos o internos como el sobrepensamiento.
El alcohol es una de esas herramientas. Es verdad que está ámpliamente criticado y que la opinión pública en general tiende a desacreditar e incluso repudiar el papel que las drogas juegan en nuestro día a día.
El alcohol, al igual que muchas otras sustancias, nos permite tener al alcance de nuestras manos, o de nuestras mentes, todo aquello que antes también estaba pero que de alguna manera no lo veíamos. Podemos ir a un boliche y encararnos a la chica más linda sin importarnos las consecuencias, podemos tomarnos el colectivo equivocado y terminar en la otra punta de Buenos Aires y no transpirar ni un grado de preocupación, podemos reevaluar nuestra vida en cinco minutos y aun así darnos cuenta que al fin y al cabo, nuestro camino, complicado y sobreevaluado, tiene sentido.
No tememos a la hora de decir lo que realmente pensamos. Solo lo decimos y aceptamos afrontar las consecuencias como toda persona debería aceptar. No nos escondemos tras una máscara de falsedad, cinismo y pedantería extrema que lo único que logra es transformarnos en una sociedad más homogénea y estupidizable.
Cada vez me doy más cuenta que la individualidad y el supuesto “aislamiento” del que muchas veces se habla para referirse a personas con opiniones diferentes al las del “sistema”, es la opción más interesante y estimulante a seguir. Piénsenlo. Qué preferirías ser: ¿un hamster encerrado en tu jaulita de metal, corriendo en tu pequeña ruedita, esperando a ser alimentado y más tarde utilizado como elemento de entretenimiento masivo o un camaleón impredecible, capaz de querer decir una cosa pero hacer la contraria, camuflándose en el entorno, haciéndose pasar por otro pero a la vez siendo tan único y real como él mismo? ¿Qué preferirías ser? Pensalo.
Yo, gracias o no…a mi o al alcohol o a lo que sea, prefiero ser lo que pienso que voy a ser. Prefiero decir lo que creo que voy a decir y prefiero demostrar lo que piense que voy a demostrar. No hay nada más auténtico que la seguridad de uno mismo. Y nuevamente como en un post anterior bastante lejano…el único camino confiable es el que nos lo dan nuestros instintos primarios y si el alcohol, el porro o cualquier otra sustancia, nos ayuda a poder ser más auténticos, más ARIEL WIZNIA y además no nos convierten en presas de ninguna enfermedad, entonces, bienvenidos sean.
Aplique cuatro gotas de Alcohol I y 6 de Alcohol II en la boca del paciente para poder desarrollar una mejor capacidad de compresnión del mundo que nos rodea. Nada más.
PD: (prometo que es la úlitma!) Este post no fue escrito bajo las influencias de ningun tipo de sustancia alcohólica!……………………………………………………….bueno chau.