Acabo de volver del viaje más excitante e interesante de mi vida. Recién abro los ojos y todavía no estoy seguro de si fue otra cosa, algo real y auténtico. Entré en lo más profundo de mi mente, en recovecos que no conocía y que se abrieron ante mi como la flor más sedienta de pólen. Estuve despierto pero dormido. En realidad yo supe en todo momento que algo así no podía estar sucediendo y que todo era o producto de mi imaginación o de mi inconsciente. Yo estaba dormido en realidad y lo sabía. Pero había algo más que no se iba…esa sensación de realidad constante, como si todo se tratara de un viaje de ácido o algo por el estilo. Además, me desperté varias veces en el recorrido, abrí los ojos, miré las paredes de mi habitación, contemplé la verdad de la consciencia, del estar despierto pero, a pesar de todo eso, mi cerebro pensó distinto y yo seguí soñando, aún en el momento de mayor lucidez ocular.
¿Qué pasó después? Irrelevantes situaciones, un lenguaje raro, concatenando palabras conocidas pero sin sentido para ningún parlante del castellano, anécdotas de película como si realmente me hubiesen pasado a mi, momentos excitantes llenos de vigorosidad y desorden, peleas y discusiones que, más adelante y con el pasar de las horas, se disipaban en cualquier otra cosa como si no hubieran pasado jamás. Creo que sigo dormido, sigo en ese mundo de extraña realidad, todavía puedo agarrar en mis manos los objetos de ese mundo, que mientras tirado en mi cama, existían físicamente, los podía tocar, palpar, sentir su material y arrojarlos con fuerza para comprobar que, efectivamente, la fuerza de la gravedad también los afectaba. Sí. Todo era real. Tenía que serlo. Tiene que serlo.
Habrá sido no más de una hora y media, pero parecieron 5. Otro efecto importante de mi viaje sensorial imaginario fue que todo se hizo más claro. Los sonidos de la realidad y los imaginarios también se amplificaron dentro de mis tímpanos y me permitieron percibir hasta el más mínimo detalle de cambio en el ambiente. Escuché el aire, la música y las texturas. Seguí discutiendo y hablando con quienes compartían mi fantasía, pero todo fue más claro. Y lo más increíble de todo es que tras levantarme varias veces, cortando esta cadena fantástica, al volverme a dormir aparecía todo este mundo nuévamente. Volvían los amigos desconocidos, volvía la mujer vieja de azul con un inexplicable atractivo, volvían las amas de casa salidas del mejor relato del siglo XIX, todo eso seguía presente, intacto, protegido del terrible peligro de la vigilia.
Por último, hubo un simple hecho que me hizo corroborar que esto no era un simple sueño de los de siempre. Pude llevarme de viaje conmigo a mi celular. Mi celular fue el medio de enlace entre la consciencia y la inconsciencia. Durante el viaje pude escuchar como sonaba, como mandaba mensajes y como yo los contestaba. No era el mismo celular recreado en mi mente, era el propio aparato físico existente hasta hoy en día. Yo lo usé en el sueño y el se quedó conmigo, mostrándome que es posible interactuar entre los dos estados. El sueño y la realidad se unieron y yo fui el privilegiado en disfrutarlo.
Todavía no lo entiendo muy bien pero se que después de casi un mes de no escribir, esto me está diciendo: “no te preocupes que todavía hay mucho material dentro tuyo para que sigas creando”.
Y yo le creo.

El mundo se puede ver de muchas maneras, por eso existen conflictos, generados por las distintas formas en las que se puede abordar cualquier problema. Guerras, disputas, peleas o, sin ir más lejos, nuestras instituciones, se originan y mutan de acuerdo a cómo se aborda un conflicto a través del tiempo. Esta especie de introducción sirve para poder empezar a hablar de un tema que hace mucho lo vengo pensando y nunca pude entender de qué forma se puede catalogar a cierto grupo de personas con la mayor comodidad y despreocupación.
Se les dice locos, lunáticos, chapitas, maníacos, orates, dementes, chiflados. Aparecen en todas la épocas, desde la Edad Media, a la actualidad han existido manicomios o lugares especiales para encerrar lo inentendible, lo que hasta el momento nadie podía explicar. Esos primeros locos, fueron luego los grande héroes de la historia. Cristobal Colon, Arquímedes, Aristóteles, Galileo Galilei, Leonardo Da Vinci, Albert Einstein, Benjamin Franklin y muchísimos más que, en su época fueron tildados de locos y muchos de ellos juzgados por ese motivo, hoy en día gozan del prestigio que en vida jamas tuvieron. ¿Tuvo que pasar tanto tiempo para que estos genios pudieran ser galardonados como se merecían? ¿Por qué motivo negamos el ingenio de mentes únicas cuando no conocemos de lo que estan hablando? Claro, es más fácil criticar y juzgar que escuchar y aprender. Por eso los locos siempre tuvieron una fecha de vencimiento. Franklin expiró el día que su teoría se llevó a la práctica y cada americano pudo gozar de luz eléctrica, Colon en cambio expiró cuando le mostró a Europa un nuevo continente, habitado por gente distinta, de color distinto y probó a todos que la tierra era redonda. No muchos años atras, los físicos y científicos se dieron cuenta que la teoría de la Relatividad de Einstein podría ser muy probable y de hecho cada vez se están encontrando más indicios de que la teoría se convierta en teorema.
Ahora bien, existe un mundo diferente al de estos próceres de la ciencia, que es el mundo de los locos hoy en día. La pregunta es muy sencilla: ¿Cómo se identifica que una persona es loca y otra no? ¿Existe realmente una manera eficaz y concreta en la que un profesional pueda basarse y afirmar con seguridad que una persona cualquiera está más allá del entendimiento humano y que por tanto es un peligro para la sociedad y debe ser recluída? Si nos remitimos a las películas seguramente encontremos más de un caso en las que el protagonista jura por su vida que él no está loco pero sin embargo nadie le hace caso y lo ignoran hasta llegar al final en el que todos se dan cuenta de que tenía razón después de todo. Pasa en las películas. Pasa en la vida real (pasa en TNT?). Chivos aparte, considero que hay una línea tan fina entre la cordura y la locura que es muy peligroso tratar de delimitarla. Y con esto no me refiero a soltar a todos los locos y dejarlos correr libres por el mundo, matando gente o cualquier cosa que se les ocurra. Con esto me refiero a que, a pesar de que lamentablemente este tipo de instituciones es necesaria, nunca se va a poder tener la certeza de si un loco está realmente loco o está igual o más cuerdo que cualquiera. Porque la mente es algo complicado y tendemos a rechazar cualquier cosa proveniente del inconsciente y solo el inconsciente. Lo que no es completamente racional es locura. Y es peligro. Y es mejor tenerlo encerrado.
La locura es locura hasta que se demuestra lo contrario. Es nuestro mecanismo de defensa contra lo desconocido. Lo que no podemos entender lo catalogamos como extraño, como demencia, así podemos dormir tranquilos sabiendo que estamos contribuyendo a un mundo mejor. Ahora bien, cuando llegue el día en que esos locos se paren del lado de afuera de los manicomios, cuando les entreguen premios y medallas, ese día seremos nosotros los que, aplaudiendo fuerte y orgulloso, les demos ese tan merecido reconocimiento, que no es más que la libertad de pensar y de ser.
Solo faltará encontrar alguna manera de analizar más en profundidad el pensar humano para poder así tener la seguridad de encerrar a la persona correcta, en vez de retroceder el avance como sociedad y darnos cuenta de que nos encerramos en nuestra propia ignorancia.