No hace muchos años, en una pequeña colina emplazada a orillas de un río, se encontraba Villa Valdéz. Era una aldea simple y pintoresca con no más de 100 habitantes donde todos se conocían entre sí. Excelentemente conservada, hacían de ella, un lugar único, paradisíaco y totalmente inconcebible en aquel destruído mundo. Villa Valdéz había escapado de la feroz guerra del siglo por estar perfectamente ubicada entre valles, lo que le permitió sobrevivir escondida de las bombas y los ataques exteriores y de las personas de otros pueblos cercanos.
Era una aldea tranquila, quizás demasiado…Es por esto que su sistema de comunicación era tan peculiar. Los refranes estaban a la orden del día y nadie concebía ni sabía comunicarse con el otro si no era con ciertas palabras concatenadas de manera armoniosa, con una tonalidad amigable y una aproximación inofensiva.
Don Julio, el panadero del pueblo solía decir: “Cuando hay hambre, no hay pan duro”, refiriéndose a la mala calidad de sus baguettes a pesar de su esfuerzo.
Margarita de la casa grande solía llorar todas las noches por Julio, su ya ex esposo que se había fugado, según ella, con una “señora” de otro país, y la había dejado sola como un perro. Todos los pueblerinos, en pos de calmarla y consolarla cantaban al unísono: “Ojos que no ven, corazón que no siente” al notar que Margarita decía estar bien y no parecía afectarle la huída de su esposo.
Roberto, el hombre más pobre de Valdéz, solía quejarse a cielo abierto por su mala fortuna y repetía sin cesar a cada hombre, mujer o niño que pasaba por su puerta: “unos nacen con estrella y otros estrellados”. Paradójicamente, su mujer, Teresa, le repetía todas las mañanas como forma de consuelo que “a quien madruga, dios lo ayuda”, pero jamás solía hacerle caso.
Todo el mundo en Villa Valdéz tenía su frase predilecta y la utilizaba hasta gastarla. Era su forma de comunicarse y era la única que sabían. Nadie jamás los había molestado. No existían los bancos, las inversiones de capital, los despidos o la burocracia. Tampoco los asesinatos o los ataques al corazón o la presión alta. Cada uno vivía acorde a sus necesidades y nadie le exigía nada al otro. Nada atormentaba a los habitantes de Villa Valdéz ni tenía por qué hacerlo. Tampoco creían necesario abrir sus puertas al mundo, en general todos vivían bastante bien y los que no, eran ayudados por los demás.
La tranquilidad reinó por varios años. El estable sistema de refranes (surgido completamente de casualidad) mantenía el orden y la paz entre la gente de Villa Valdéz. Por mucho tiempo no pasó nada más…
Un día como cualquier otro, el hombre más influyente del pueblo, el señor Fausto, observó a lo lejos del sendero que llegaba hasta el bosque, una figura esbelta y misteriosa. No hizo falta ir a averiguar quién era ya que se dirigía directamente hacia la aldea. Rápidamente todo el mundo salió de sus casas expectante del que podría ser el primer visitante extranjero de Villa Valdéz.
Su nombre era Sir Robert Lang, explorador incansable, viajero empedernido y poderoso productor rural. Se presentó muy amablemente con los perplejos habitantes del pueblo. Pronunció reiteradamente y con un cierto ego la calidad de “Sir” que le había otorgado la propia reina de Inglaterra y se limitó a establecer un diálogo completamente comercial con el señor Fausto, principal representante del pueblo en temas importantes. Nadie dudaba de la capacidad del señor Fausto de saber aprovechar al máximo una visita tan importante, lo que nadie sabía es que la vida en las grandes ciudades era muy distinta a la que ellos conocían y por tanto, el concepto de trampa o engaño no era conocido. Además, la figura de Sir Robert emanaba elegancia, astucia y carisma. Eso fue lo que llevó a Villa Valdéz al otro extremo.
El señor Fausto salió contento de su reunión con Sir Robert y se dispuso a comentar a los demás lo que había sucedido: Queridos amigos…quien mucho abarca poco aprieta…yo se los dije! a su tiempo maduran las brevas! El señor Robert Lang nos ofrece una oportunidad única, quiere comprar Villa Valdéz a cambio de comida, salud y bienestar para cada uno de nosotros para siempre! Se que es difícil pero es una gran oportunidad que debemos aprovechar. Confíen en mí! ¿no es verdad que a buen entendedor, pocas palabras bastan?
Nadie sabía que decir, pero era cierto que las enseñanzas y decisiones del señor Fausto siempre habían sido acertadas en tiempos anteriores. Después de una tarde de reflexión, todo el pueblo decidió comprar su libertad a cambio de su título de propiedad. Nunca más habría hambre o pobreza, todos vivirían felices sin ninguna preocupación. La decisión estaba tomada y era buena.
No pasó mucho tiempo hasta que pudieron ver el terrible error que habían cometido. Un año, tal vez un poco más. El primer indicio de que las cosas no estaban bien fue la prensa. De un momento a otro, Villa Valdéz pasó de ser un misterio oculto para convertirse en una propaganda al mundo del turismo. Decenas de personas llegaron por día para conocer la extraña ciudad de los refranes. Surgieron así, centros de turismo y parques de entretenimientos, todos ellos administrados por Sir Robert Lang. Con el pasar del tiempo fue necesario construir bancos y empresas de inversión para sustentar los micro emprendimientos que surgían en el pueblo y las pequeñas casas de adobe pasaron a ocupar un segundo lugar frente a los inmensos edificios que ahora se asentaban a metros de sus hogares.
Dos años después de la apertura, Villa Valdéz debió cambiar su nombre a Ciudad Valdéz ya que su cantidad de habitantes ya superaba los 10.000. Poco podía verse de la amistosa y pintoresca aldea que una vez había sido.
Ya nadie se hablaba por las calles, no había tiempo para hablar. El tiempo era dinero y el dinero era lo principal en Ciudad Valdéz.
Los originales 100 habitantes dejaron de conocerse. Margarita nunca más contó su historia de amor fracasada. Don Julio cerró su panadería y se lanzó al mundo del mercado bursátil. Roberto simplemente desaparecio de Valdéz y nadie nunca más supo donde fue a parar.
Pero Fausto siguió viviendo allí, en la misma casa donde 5 años antes había recibido a su destructor. Nunca más salió. Su vida se había resuelto con un plato de comida diario desde hace mucho tiempo. Su patética nueva vida. Y así, lamentándose en la oscuridad de su presente, Fausto Gonzalez comprendió que hombre prevenido vale por dos, que más vale poco que nada y que indefectiblemente en todas partes se cuecen habas.