
¿Quién no imaginó alguna vez un futuro en el que las enfermedades no existen, donde nuevos descubrimientos hacen de este mundo, un mundo fantástico solo posible en nuestra imaginación, por ahora?
Todos estos temas son muy populares en estos días. En la televisión series como Fringe o Heroes
o películas como Death Becomes Her, nos brindan una realidad fantástica donde las habilidades supernaturales son algo cotidiano: hablar telepáticamente con una persona muerta, saber lo que otra persona está pensando, crear campos eléctricos con el cuerpo, volar, viajar en el tiempo, etc. Todo parece ciencia ficción y de hecho la mayor parte de la población así lo cree. Pero hay una persona que se dispuso a cambiar esta concepción y apostó a lo que hasta ahora solo se conoce como fantasía: Mark Roth. Su nombre no nos dice nada, pero la investigación que está realizando me sorpendió mucho y me hizo pensar las cosas de otra forma.
La inmortalidad. Se dice que el deseo más anhelado por el hombre es la inmortalidad y que nuestra existencia tiene como principal objetivo el conocer y entender el mundo, para dominar todo lo que nos rodea y poder alcanzarla.
Pero ¿qué significa no morir nunca? Sabemos que los cuerpos tienen un tiempo limitado de vida y por eso en algun momento, aunque no sabemos cuando, vamos a dejar de existir. Nuestro cuerpo se apagará y no podemos evitarlo. Obviando esto, ¿es posible llegar a un punto en el que símplemente no podremos acumular más conocimientos? ¿No podría llegar a pasar que tras miles y miles de años de vivir y experimentar nuestro cerebro se saturaría y diría basta?
La realidad es que por ahora no lo vamos a poder saber pero lo que sí sabemos es que el hambre de conocimiento está instalado en la mente del hombre. Desde chicos miramos el mundo para tratar de comprenderlo, tocamos, olemos, sentimos los objetos, escuchamos la música, aprendemos la comunicación verbal y no verbal.
Pero esta práctica inconscientemente natural de crecer y aprender, ¿no conlleva riesgos hacia nuestra integridad física, que es justamente lo contrario a lo que se quiere llegar? Porque para por ejemplo conocer nuevos mundos se tuvo que perder mucha gente en misiones a la luna o marte, para que se haya instalado el capitalismo como sistema económico predominante se tuvo que pasar por varias guerras, para haber llegado a la revolución industrial o la revolución francesa, miles de personas tuvieron que morir.
En definitiva, nuestra búsqueda de invencibilidad nos condena a seguir pereciendo porque al fin y al cabo, seguimos siendo seres con fecha de vencimiento.
Vean la teoría de lo que todavía parece ficción…aunque no se si lo es.
Acá está el artículo traducido:
Hay cosas que usted debería saber, solo porque son raras. Sabía que la gente que tiene diabetes exhala combustible de cohete? Es verdad, pero es raro, verdad? Y la combustión espontánea. Eso también es verdad, aparentemente. La gente símplemente explota. Mark Roth guarda un archivo de ello porque, bueno…por un lado está interesado en la genética de la combustión espontánea y por otro, está interesado en aquello que evita que la gente explote…todo el tiempo. Quiero decir, por qué no deberían? La gente nunca pregunta eso. Pero tampoco preguntan muchas cosas. Los seres humanos tenemos 37°C de temperatura. Es más o menos lo común. Pero ¿por qué? Nadie te explica eso. Podés leer mil libros de biogenética y ni siquiera se harán la pregunta. Entonces, no está explicado, y así es como se pueden aprender cosas. Podés aprender cosas cuando no están explicadas. Tomemos el caso del movimiento, por ejemplo. Nosotros, los humanos, estamos absolutamente programados para estar interesados en el movimiento. De hecho, si sos biólogo, sos en realidad un movimientologo: estudías aquello que se mueve. Sos un esclavo de lo animado. Lo que, por supuesto, es lo que ayudó a Mark Roth a dar con la idea de que la desanimación es la mejor escena.
Ahora, Mark es un científico. No es un filósofo o un loco. Él prueba cosas, experimentando, basándose en el método científico. En 2007, se compró una MacArthur, así que es un genio, certificado. [...]
Hay algo raro con los científicos. Usted podría pensar que aman la ciencia ficción. Pero no. Admitir que sacan las ideas de la ciencia ficción, siendo científico, es como una amenaza a tu carrera. Y sí, Mark Roth es un científico. Pero es un científico de la manera en la que uno quería serlo cuando era chico. Con raras sustancias, peligrosas sustancias, tóxicas, en realidad, las más tóxicas conocidas por el ser humano!
El año pasado, cuando uno de sus sobrinos estaba en un negocio en Carolina del Sur y su madre, la hermana de Roth, entró para llevárselo, el chico no se movía porque estaba petrificado mirando la última edición de “Ripley’s Believe It or Not!” y su madre finalmente le tuvo que gritar…cuando ya estaban en el auto, en la ruta, le dijo a su madre que tendría que haberlo dejado leer ese libro porque: “el tío Mark está en él”. El tío Mark no se disgustó cuando su hermana lo llamó más tarde esa noche para decirle que había aparecido en Ripley’s. Tenía trabajos publicados en “Science”, en “Nature”, tenía trabajos publicados en una de las más prestigiosas revistas médicas del mundo, pero ¿”Ripley’s Believe It or Not!” por su trabajo de animación suspendida posible en seres humanos? ¿Llegó a Ripley’s? Eso fue un honor. Eso era ciencia.
Lo gracioso es que la animación suspendida no era la idea más rara que había tenido cuando decidió dejar de ser reduccionista - que es lo que la mayoría de los científicos hacen - para convertirse en un expansionista. Y fue definitivamente una decisión, un momento de desesperada claridad. Había tenido demasiado éxito dividiendo ARN en el instituto Carnegie en Baltimore para darse cuenta de dos cosas: primero, que algunos científicos no estaban necesariamente contentos de que haya tenido éxito en dividir ARN; y segundo que los mismos científicos que no estaban contentos querían que lo siguiera haciendo el resto de su vida. Lo que lo convenció en dejar ese convencionalismo y empezar a buscar ideas en la oscuridad fue…la oscuridad misma.
En 1995, la esposa de Roth, Laurie, dio a luz a su segunda hija, Hannah. Ella nació con Síndrome de Down y un corazón con un ventrículo. Mark tenía 38 años. En ese momento era investigador en el centro de investigación de cáncer Fred Hutchinson en Seattle y si su hija sobrevivía esperaba tener un ayudante por el tiempo que él viva. Se encontró con Laurie y le contó. La obligación de salvar a Hannah lo había puesto en el papel de buscar al científico dentro suyo y el científico dentro suyo quería nada menos que cambiar el mundo.
Después Hannah murió. Murió después de una cirugía de corazón. Tenía poco más de un año.
Y entonces Mark empezó a fallar. Seguía haciendo experimentos, seguía haciendo ciencia pero era como experimentar con el fracaso mismo.
¿La primer falla? Inmortalidad.
Se había interesado en la posibilidad de la inmortalidad. No es que no sabemos el secreto de la inmortalidad. Lo sabemos. Sabemos donde está. Está en las gónadas. Quiero decir, si tenés un hijo, te convertís en inmortal — los humanos sabemos eso. Es conocimiento intrínseco, evolutivo. Pero lo que la mayoría de la gente no sabe es que podemos ver la inmortalidad, por un microscopio de electrones. Las células inmortales que se encuentran en las gónadas se llaman células gérmenes y lo que las hace diferentes a cualquier otra célula en el cuerpo es que tienen protuberancias. Tienen unas protuberancias llamadas Gránulas-P, ahí es donde el secreto de la inmortalidad tiene que estar, en las protuberancias. Entonces Mark Roth se interesó mucho en esto. Pero no fue el único. Estuvo corriendo para identificar una de las proteínas de las protuberancias. Y perdió. Perdió con Susan Strome, una científica de la universidad de Santa Cruz. Y no hubo segundo premio.
Lo que Roth entendió que tenía que hacer era fallar otra vez. Fallar manteniendo la promesa de crear algo de inmediato beneficio para los seres humanos. Es muy difícil de diagnosticar la enfermedad autoinmune del Lupus. Pero cuando estaba haciendo la división de ARN, Roth se dio cuenta de una manera de hacerlo y se propuso tratar no solo de desarrollar la prueba sino comercializarla, él mismo. Y lo hizo. Por 3 años es todo lo que hizo, sin parar. Desarrolló la prueba, consiguió la patente y fue a buscar la aprobación del FDA por lo que había creado. Fue el primer científico en tener la aprobación del FDA por una prueba diagnóstica que realizó él mismo, sin ayuda de una corporación en sentido académico. Ahora tenía justo lo que quería: algo que resolvió un problema, algo que realmente ayudó a la gente.
¿Sabe a cuántas personas ayudó? No ayudó a nadie. Fue un cero enorme. No porque no funcionó sino porque no había mercado para ello. O porque había un mercado pero no era lo suficientemente grande para convencer a una compañía farmacéutica de crearlo y distribuirlo.
Así que ahi estaba Mark Roth, a finales del siglo, no solo un científico sin fondos en el centro de investigación contra el cáncer Fred Hutchinson sino un científico sin fondos legendario. El que le dijo a sus colegas que quería ser el hombre que cambiara la ciencia media para siempre y en el siguiente suspiro les dijo todo sobre la combustión espontánea. O la animación suspendida. Un hombre brillante Mark, pero la gente se le rió en la cara por sus raras ideas. De todas formas aprendió algo con sus fracasos. Y lo que aprendió fue no que era demasiado raro, sino que no era lo suficientemente raro. Su pensamiento era muy pequeño. Si querés cambiar el mundo, tenés que cambiar tu manera de pensar primero. Y la única manera de lograrlo es refugiándose en lo inexplicable. Tenía una agenda para ese efecto, llena de fenómenos inexplicables y buscaba en sus páginas la idea rara para convertirla en la gran idea. Estaba tratando de buscar la correcta cuando empezó a leer el expediente de la gente que había sobrevivido a una hipotermia. Esquiadores en Suiza perdidos en avalanchas, borrachos en Chicago que se quedaron dormidos en invierno, para todos los casos estaban muertos, excepto que no lo estaban, excepto que podían ser revividos. Animación suspendida.
Roth nunca dejo de lado el sueño de la inmortalidad. Seguía obsesionado con las protuberancias. Empezó a pensar en ellas de otra manera. Ok, las protuberancias son inmortales, entonces ¿cómo lo hacen? ¿como logran ese objetivo? Y acá está la respuesta: no hacen nada. Están inactivas. Son inmortales porque para todos los propósitos, en términos de movimiento, ya están muertas! Y tal vez eso es la inmortalidad. La gente siempre lo piensa en términos de vivir para siempre. Pero tal vez solo significa no morir. No morir cuando se supone que debes morir, sobrevivir los momentos mortales. No sabemos lo que es la vida de todas formas. Solo sabemos lo que la vida hace: quemar oxígeno. Es un proceso de combustión. Todos somos como velas que léntamente se queman, transitando nuestro camino hacia el precioso O2 hasta que se convierte en nuestra toxina, hasta que nos hacemos viejos y morimos. Pero vivimos con 21% de oxígeno así como vivimos a 37°C. Están relacionados. Disminuí el oxígeno un 5% y morimos. Pero miren, la concentración de oxígeno en sangre que corre por nuestros capilares es solo del 2 o 3 %. Ya estamos casi muertos! Entonces, ¿qué pasaría si bajamos la necesidad de oxígeno de la vela? ¿Qué pasaría si bajamos la intensidad de la vela que ni siquiera tenemos la energía para morir?
Y así empezo la carrera de Mark Roth como desanimador. Desanimar es….desanimar. Tomás el suplemento de oxígeno de una criatura y la estás desanimando. El truco, por supuesto, es dárselo de vuelta. En un principio no fue fácil. Roth estaba usando agua pesada, veneno de rata y estaba siendo un desanimador sin ser un reanimador. Los demás científicos se reían de él: Hey Roth, ¿suspendiste algo hoy? Pero después lo hizo. Desanimó algunas nematodas (gusanos) con nitrógeno. Roth las llevó al agujero de la muerte, que era una atmósfera con menos del 1% de oxígeno. Murieron. Pero después las sacó del agujero de la muerte y volvieron a la vida cuando el oxígeno fue reintroducido. Entonces trato con monóxido de carbono. Pero no mató a los gusanos. Solo bajó la intensidad de la vela, no sacando el suplemento de oxígeno sino privando a los gusanos de usarlo. Y ese es el salto que Roth hizo: usar las toxinas para un beneficio. Usando una de las más tóxicas sustancias conocidas por el hombre para interferir con los efectos tóxicos del oxígeno. Cuando las criaturas mueren de hipoxia, no mueren porque no tienen el suficiente oxígeno; mueren porque siguen quemando el oxígeno que no tienen. Lo que Roth hizo fue encontrar una manera de separar la célula viviente, no del oxígeno mismo, sino de la capacidad de usarlo.
Igual, eso eran gusanos y él estaba buscando ese beneficio en humanos. No era como si fuera a convencer a un humano cuerdo del beneficio del monóxido de carbono. Entonces, una noche en 2002, mientras miraba televisión, pensando en lo que siempre pensaba: que clase de toxinas podría utilizar para evitar que los mamíferos quemen oxígeno. Estaba viendo “Nova”. Era un capítulo en una de esas cuevas en México que exhalan grandes cantidades de sulfuro de hidrógeno, un gas 10 veces más tóxico que el monóxido de carbono. Nada debería vivir en esas cuevas, sin embargo estaban llenas de todo tipo de criaturas fascinantes que hacían que la gente quiera ir a verlas. Pero tenían que tener mucho cuidado o serían desanimados con un respiro de sulfuro de hidrógeno.
Más tarde se dio cuenta de la utilidad del sulfuro de hidrógeno. ¿Sabía que la existencia de ADN, de la vida, es anterior a la existencia del oxígeno? ¿Sabía que la vida temprana existía no respirando oxígeno sino comiendo rocas? ¿Sabía que esas rocas eran de sulfuro? ¿Sabía que somos descendientes de esos microbios come rocas? ¿Sabía que nuestros cuerpos producen sulfuro de hidrógeno? ¿Sabía que nuestros cuerpos probablemente lo usan para evitar que nos quedemos sin oxígeno?
Por supuesto, Roth seguía sin fondos. Seguía siendo un fracasado investigador que buscaba comprar grandes cantidades de gas venenoso el año después del 11 de septiembre. Acudió a Mark Groudine, la cabeza de su departamento en Fred Hutchinson. Le pidió $20.000 que le permitirían comprar algunos tanques de sulfuro de hidrógeno y el equipamiento que le permitiría medir las respuestas de los ratones que pretendía desanimar. Mark le dio el dinero. Roth desanimó a los ratones.
El laboratorio de Roth empezó desanimando gusanos, ratones, ratas, perros, chanchos…pero fue el artículo publicado el año anterior en otra revista lo que le daría finalmente dinero federal. El artículo era sobre parar el corazón de los embriones de pez cebra. El artículo reportaba que el laboratorio de Roth era capaz de para sus corazones por nueve horas para después volvérselo a iniciar. Quiero decir, esos peces estaban muertos…Así es que un día en 2001, Roth recibió una llamada a su laboratorio. Era de ADAPI. La Agencia de Defensa Avanzada de Proyectos de Investigación. “¿De verdad hiciste lo que decís que hiciste?”, pregunto el manager del programa de ADAPI. Cuando Roth le aseguró que sí y le dijo que su intención era evitar que la gente no muera cuando tienen ataques al corazón, el manager de ADAPI dijo: “bueno, nosotros estamos tratando de evitar que la gente muera desangrada” y empezó a ocuparse de que a Roth le paguen.
Así es como en 2005 fundó su propia compañía de biotecnología, Ikaria.
Mark guarda una pequeña botella llena de líquido en su escritorio. Tiene una tapa de plástico naranja y un lazo dorado alrededor del cuello. Es un derivado de sulfuro de hidrógeno y es el primer producto de animación suspendida de Ikaria. Completó la fase 1 de prueba en Australia y Canada. Está siendo probada en humanos para asegurarse de que es segura. Está desanimando personas ahora! Está siendo probado en chanchos en Texas, los militares están haciendo las pruebas. Están haciendo cirugías en chanchos anestesiados y los están desanimando para ver si sobreviven al desangramiento. Si funciona, va a ser considerado en caso de emergencia en Irak.