Thursday, March 12th, 2009

El Síndrome del Corazón Roto


Juan Cruz siempre fue un hombre escéptico. No creía en las religiones ni en el tarot, ni en las profecías divinas, ni siquiera creía en el amor, el más primitivo acto humano existente desde el orígen de la especie en el mundo.
Nada de esto era real para él. Solía decir con frecuencia (y lo mantenía a rajatabla) que “solo la ciencia puede explicar el mundo que nos rodea y todo lo demás son sandeces sin sentido”. Conducía su vida por un sendero de exactitud, precisión y lógica pura y jamás permitía que lo desviaran de su paso. También su terquedad se había desarrollado fuerte y vigorosa, imponiéndose por cansancio a cualquier contrincante que osaba contradecirlo.
Pero hubo un día en el que Juan supo la verdad.
Hubo un día en el que Juan se equivocó.

El Síndrome del Corazón Roto es una condición que se puede manifestar luego de un episodio de estrés emocional. El individuo afectado, luego de sufrir el choque emocional, desarrolla dolor de pecho y dificultad respiratoria y en muchos casos muere.
Juan sabía de esta condición, la había escuchado por amigos suyos que no eran escépticos a los que él llamaba “creyentes”, pero nunca le había dado demasiada importancia, en realidad le parecía gracioso y absurdo.
No podía comprender como un acto sentimental podía ocasionar síntomas reales en una persona y de hecho poder llegar a matarla. Todo esto producía en él una sensación desagradable y confusa, lo sentía pegado a su paladar, como una bola pesada y empapada de preguntas y dudas que debía expulsar de su cuerpo. No le gustaba para nada, pero por alguna razón era algo que no podía olvidar.
Es así que comenzó a visitar bibliotecas, las más grandes y completas del país para aprender y tratar de comprender aún más los complicados procesos de la mente humana y tratar de resolver si es posible realmente morir de amor. Vale la pena aclarar que en sus primeros días de expedición no tuvo mucha suerte. De hecho, no encontró nada más que textos médicos llenos de palabrería incomprensible para él donde se explicaba el fenómeno físico pero nada más. Pero Juan necesitaba la otra cara de la moneda: necesitaba encontrar el puente entre lo sentimental y lo físico. “Qué irónico”, pensaba él, “resulta que para hallar la duda que me carcome días y noches tengo que dejar de ver a la ciencia como única explicación al mundo y debo abrir mi mente hacia conceptos abstractos e indefinidos como los sentimientos y el amor”.
Juan buscó durante varios días pero tampoco encontró nada. Hasta que un día Ana encontró a Juan.

Ya pasaron dos años desde que Juan Cruz inició su incesante búsqueda por comprender su mayor incertidumbre. Juan seguía siendo Juan, pero su búsqueda no había durado ni 2 meses. Ana le había hecho olvidar todo por lo que, en ese momento, consideraba su mayor anhelo.
Ana había cambiado su vida. A lado de ella se sentía distinto, como flotando en una nube, con una sensación extraña en el estómago de excitación y alegría inconmensurable. La veía y sonreía. La miraba y la admiraba. Quería estar a su lado cada minuto, tocarla, sentirla, olerla y besarla. Ya ni siquiera se molestaba por discutir con los demás. Ahora lo importante era ella.
Siempre pensaba que podría recorrer el mundo 10 veces y volver con tal de hacerla feliz. Decía que nada era más importante y que nada le daba más placer.
Ana y Juan compartían risas, anécdotas, llantos y peleas. Se querían y se necesitaban, podían pasar horas solo mirándose a los ojos, estudíando cada rasgo del otro, mirando hipnotizados al amor de su vida.

Pero un día Ana se cansó de mirar. Ya no quiso compartir ni debió pensar que necesitaba de él. Ya no lo quiso sentir, ni besar ni tocar ni oler. Todo dejó de existir y Ana se fue.

El estómago se cerró, un fuerte pinchazo le sacudió las piernas y subió rápidamente. Su garganta le comenzó a doler y sintió que no podía respirar. También sus ojos le pesaron y se llenaron de lágrimas. Juan ya no quizo reir tampoco, no tuvo fuerzas para discutir o para levantarse siquiera.
Se le arqueó la espalda y sintió que se caía. Segundos más tarde un fuerte dolor en el pecho lo azotó sin parar. Pudo sentir sus nervios quebrarse en mil pedazos y penetrar sus aurículas y ventrículos. Todo se tornó oscuro y creyó que ese era el final. Y en los pocos segundos de consciencia que le quedaban pudo por fin resolver su duda máxima. La experiencia le había dado lo que los libros jamás pudieron.

Y en ese momento Juan el escéptico dejó de existir.

Post by Ariel Wiznia at 6:33 | Permalink | Comments (0) |