
Sí. Esta me parece la única explicación posible al problema que tenemos como país. Porque es realmente así, somos una mierda de personas, todos. No se salva ninguno. Aunque muchos digan lo honestos y bondadosos que son, solo pertenecen a elaborados cuentos ficticios o leyendas urbanas perdidas en el murmullo popular.
Entonces, ¿cómo un país tan enorme, poblado con la mayor riqueza y abundancia, plagado de gente capacitada, profesionales, especialistas y personas dispuestas a trabajar contra viento y marea para salir adelante puede estar tan pero tan podrido? ¿No deberíamos ser potencia mundial? ¿No deberíamos ser Suiza, Finlandia, Dinamarca, Noruega? Incluso deberíamos ser más que estos países, que carecen de materias primas como el trigo o la soja. Pero no, algo ocurre. Algo en nuestra manera de ser, en nuestros genes nos dice que tenemos que comportarnos de otra forma, ser más vivos, más atorrantes, más ARGENTINOS. Esa es la viveza criolla: la del me las se todas, el engaña pichanga, el cuento del tío, el veo sin mirar, la mano en la lata, la coima segura. Y es así como nuestros supuestos valores invaluables se ven opacados por un falso orgullo de querer ser diferente, pero diferente en el peor de los sentidos. En el sentido que ni siquiera podemos darnos cuenta de que nuestra tan ostentada imagen, inteligencia y astucia es la que nos condena a seguir en un río de mierda y podredumbre sin un rumbo fijo.
Y mientras todos nosotros nos emborrachamos de ego y supremacía sobre nosotros mismos, otros, dentro de este mismo sistema, estan pensando….piensan en la posibilidad de sacar provecho a esta situación. Se imaginan como se puede lucrar a través de este punto ciego de la sociedad que nadie parece observar. Entonces surge un nuevo personaje en escena: el argentino piola. El que esta vez, si sabe más que los demás y piensa aprovecharlo.
Argentina es uno de los pocos países en los que cuando existe una crisis, los precios aumentan. ESE es el argentino piola. El último respiro de una sociedad agonizante que lucha por no ahogarse. Ese último recurso que queda cuando ya no hay nada más, cuando la última gota de dignidad humana ya cayó en el mar de la indiferencia y la corrupción. Por eso solemos ver como cada uno se preocupa por uno mismo. Si fulanito aumentó los precios de sus productos, menganito también los aumentará, no porque sea realmente necesario ni porque la economía lo exiga, sino porque ni fulanito ni menganito van a arriesgarse a ser “los únicos boludos que no aprovechan el empujoncito de más”, esos 100 pesos más en la recaudación, ese nuevo celular para sus hijas, o lo que sea.
Y ahora sí, llegando al punto central del análisis uno puede pensar: un momento! no puede ser que sean todos garcas, alguien honesto TIENE que existir en este mar de gente!. Aquí entra en juego lo que me gusta llamar “La teoría de la bondad”. La teoría de la bondad consiste en presentar una vez cada tanto, alguna noticia, titular o reseña de algun personaje increíblemente honesto que devolvió plata perdida.
Últimamente llegó una seguidilla de estos sucesos como se pueden ver en los siguientes titulares:
Seiscientosveintemil pesos en devoluciones. No les parece un poquito raro? Si creen que sí, entonces podrían acercarse a lo que quiero explicar. Si no tuviesemos estas noticias, estaríamos totalmente perdidos! ¿Quién acaso daría un mango por un país en el que todos son chorros y nadie es honesto? Es necesario crear algo que nos mantenga calmados, pensando que todavía hay esperanza! todavía existe gente buena capaz de rechazar semejantes tentaciones porque “es lo correcto”. Por eso también es normal encontrar frases clave en cada una de las notas de estos titulares. Por ejemplo:
La costurera, sin dudarlo, le devolvió el dinero al hombre, a pesar de que su marido se encontrara desempleado y de que ella se ganara la vida repartiendo con su moto las prendas que cose en su casa.
El dinero pertenecía a un mendocino que había ido a comprar una finca en San Juan. Este hombre quiso darle una recompensa a Liliana, pero ella no aceptó.
“Aunque vivimos al día, jamás se me ocurrió quedarme con ese dinero. Y muchos me dijeron que por eso era una tonta. Pero yo prefiero trabajar y dormir con la conciencia tranquila”, explicó la mujer.
“Todo se me cruzó en un pantallazo. Pero nunca dejé de pensar en que la plata no me pertenecía y que tenía que devolverla”, aseguró el hombre.
El matrimonio, seguramente aliviado, regresó a Córdoba y tras agradecer a Rubén, le ofreció una recompensa que el empleado, padre de cuatro hijos, no quiso aceptar.
“En un momento pensamos los tres qué hacer con tanto dinero, pero después nos dimos cuenta que no podíamos quedarnos con él porque no era nuestro”, señaló.
La mujer se había olvidado una agenda con dinero y cheques en un carrito. “Sólo cumplí con mi deber”, dijo el cabo, que es padre de ocho hijos.
Creo que es más que evidente la línea en común que siguen estos textos. Absolutamente TODOS pensaron que estaba mal quedarse con plata ajena, todos cumplieron con su deber de ciudadanos, gran parte de los buenos ciudadanos tiene más de 3 hijos y viven precariamente y casi ninguno de ellos quiso aceptar alguna recompensa por el acto.
ACA HAY ALGO RARO! no les parece? Lamentablemente ya no me queda esa esperanza ciega que otros si deciden ver, que nos dice que aún nos podemos salvar, todavía estamos a tiempo.
Yo creo que cada vez nos hundimos más.